Major Tom, o un Picaflor Verde

Flotando muy por encima de la Luna.

Regresaba a casa cuando alcé la mirada hacia el árbol florecido, y ahí estaba.

Podría centrarme en la información científica y escribir: “Los picaflores son un grupo integrado por unas 320 especies exclusivas de América y logran ese fantástico vuelo gracias a una alta frecuencia de batido de alas, desde 14 hasta 80 frecuencias por segundo. La energía que despliegan la recuperan con la absorción del doble y hasta el séxtuple de su peso en néctar (según la especie), y a través de la ingesta de insectos”. (Santiago G. de la Vega).

Prefiero detenerme en la perseverancia y belleza de la pequeña ave. Me resulta bastante difícil seguirla con la cámara. Explora flor tras flor, aunque muchas de ellas ya no puedan ofrecerle néctar.

Picaflor Verde (Chlorostilbon lucidus) en Acacia de Constantinopla o Árbol de la Seda (Albizia julibrissin)

Aparece inevitable la analogía entre naturaleza y arte. El picaflor me recuerda a los inicios de la carrera de David Bowie, sometiéndose a audición tras audición. En el año 1965, la BBC consideró que era «‘un cantante sin personalidad’ y un ‘vocalista amateur que canta notas equivocadas y desafinado’. ‘No es especialmente emocionante’, manifestó otro compañero que también añadió que tenía ‘rutinas aburridas’. El tercer juez, con respecto a su grupo musical, dijo que no podía ‘encontrar defectos en ellos musicalmente hablando, pero no hay entretenimiento en nada de lo que hacen'». (Diario El Español).

Bowie siguió batiendo las alas de su pasión a 80 frecuencias por segundo, y en poco tiempo su sueño se había hecho realidad. A fines de los años ´60 se convertiría en lo que hoy representa para la historia de la música universal. Del mismo modo, pienso que podría desconocer por completo esta historia y aún así disfrutaría su música, al igual que podría obviar los pormenores científicos sobre los picaflores y de igual forma contemplar absorta el vuelo de esos maestros del aire.

Borges, en su libro Siete noches, escribió:

“He sido profesor de literatura inglesa en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y he tratado de prescindir en lo posible de la historia de la literatura. Cuando mis  estudiantes me pedían bibliografía yo les decía: ‘no importa la bibliografía; al fin de todo, Shakespeare no supo nada de bibliografía shakespiriana’. Johnson no pudo prever los libros que se escribirían sobre él. ‘¿Por qué no estudian directamente los textos? Si estos textos les agradan, bien; y si no les agradan, déjenlos, ya que la idea de la lectura obligatoria es una idea absurda: tanto valdría hablar de felicidad obligatoria. Creo que la poesía es algo que se siente, y si ustedes no sienten la poesía, si no tienen sentimiento de belleza, si un relato no los lleva al deseo de saber qué ocurrió después, el autor no ha escrito para ustedes. Déjenlo de lado, que la literatura es bastante rica para ofrecerles algún autor digno de su atención, o indigno hoy de su atención y que leerán mañana’. Así he enseñado, ateniéndome al hecho estético, que no requiere ser definido. El hecho estético es algo tan evidente, tan inmediato, tan indefinible como el amor, el sabor de la fruta, el agua. Sentimos la poesía como sentimos la cercanía de una mujer, o como sentimos una montaña o una bahía. Si la sentimos inmediatamente, ¿a qué diluirla en otras palabras, que sin duda serán más débiles que nuestros sentimientos?”.

Vuelvo al picaflor, como quien vuelve a un autor digno de su atención, porque el hecho estético de su existencia ágil y suspendida en el cielo “es algo tan evidente, tan inmediato, tan indefinible como el amor, el sabor de la fruta, el agua”, o un extraño y profundo viaje al Espacio.

Música para acompañar la lectura:

David Bowie, Space Oddity 

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