Amancay, estampillas y silencio

La decisión de acomodar la biblioteca o algún baúl oculto de la casa requiere un espíritu valiente. Un pequeño plato pintado a mano, un pañuelo o un libro tienen el poder de la evocación.

La decisión de acomodar la biblioteca o algún baúl oculto de la casa requiere un espíritu valiente. Un pequeño plato pintado a mano, un pañuelo o un libro tienen el poder de la evocación.

Yo me reencontré con la colección de estampillas que mi padre me ayudó a armar hace más de 35 años. Al igual que una carta, cada una de ellas me hizo viajar a distintos momentos de mi vida; una en particular me trasladó a Villa Lago Gutiérrez, en la Patagonia Argentina, rincón donde viví hasta el año 2011 y estaba repleto de flores de Amancay.

El Amancay (Alstroemeria aurea) es una preciosa hierba nativa del bosque andino-patagónico. Sus flores se agrupan en umbelas (como un pequeño paragüitas), y pueden ser de color amarillo, anaranjado o rojo. Le encanta los mallines (humedales), sotobosques y praderas andinas a baja altura. Florece de septiembre a marzo y las comunidades indígenas suelen alimentarse de sus rizomas. El agua del cocimiento favorece la digestión, protege el hígado y reduce la acidez estomacal.

El «correo puerta a puerta» que utilizan las plantas para comunicarse con sus polinizadores es bastante parecido al nuestro, sólo que ellas se visten de colores llamativos, prescindiendo de carteros o estampillas.

Las flores evolucionaron de formas muy variadas para resultar atractivas a los insectos y han notado que el amarillo es el color que ellos más reconocen. La hermosa flor del Amancay podría ser un ejemplo.

Esto me hace pensar en las maravillosas adaptaciones de las plantas y en nuestra propia adaptación. Ellas optan por las más diversas estrategias; pero en los seres humanos actuales, la adaptación (o mejor dicho sobre-adaptación) podría leerse como una renuncia a la esencia de cada uno, un revés a la heterogeneidad, a la rebeldía; un acatamiento soberano y lastimoso a dejarnos llevar por la corriente; un miedo atroz a ser distintos.

Otros seres de la naturaleza escogen pasar desapercibidos y mimetizarse con el entorno, sin amarillos, anaranjados o rojos; tal es el caso del Bicho Taladro, Cerambicido Rojo o Taladro Rojo (Chydarteres striatus). Su traje casi de madera lo vuelve invisible. Un insecto que triunfa gracias a su bajo perfil.

Bicho Taladro, Cerambicido Rojo o Taladro Rojo (Chydarteres striatus). Foto: Gustavo Di Pace

Siguiendo esta idea, recuerdo a los expertos sugiriéndome que para llegar a más personas (o lo que ellos llaman frenéticamente “potenciales clientes”) debía contar con conocimientos de marketing, hacer videos originales, subir a diario contenido en Instagram. Las recetas no prosperaron y me hicieron sentir mucha frustración.

No estaba hecha a la medida de esas consignas, porque en el mundo de la imagen siempre vuelvo a la palabra escrita. Y así fue que me aferré a la letra más que nunca.

Pienso cuántas de mis decisiones se originan en mi voz interior, cuántas provienen de otro sitio, y con cuáles quiero de verdad involucrarme. Quizás, en este tiempo tan robotizado y estándar, regresar a las estampillas (y otros tantos rituales) nos permita encontrarnos con quien realmente somos y devuelvan -aunque sea en parte-, el alma a lo Sagrado.

Donde termina el lenguaje

no comienza lo indecible,

comienza la revelación;

es hasta esa orilla

hasta donde hay que llegar a callar,

                                              allí, desde donde se comienza a hablar.

Hugo Mujica

Música para acompañar la lectura:

Lily Kershaw, All of the love in the world

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